Uno, dos, tres… ¿Aun tres?
Aun
faltaban tres jodidos días para verlo, pero Elizabeth ya tenía la ropa
preparada y llevaba con la sonrisa en la cara una semana. Se preguntaba
si el estaría igual de emocionado y si le daría un beso según se vieran.
Ya llevaban tiempo juntos, pero cada vez que lo veía volvía a sentir el
nerviosismo de la primera vez. Es difícil describir la mirada que ponía
cuando hablaba de el, los ojos le brillaban y tenían un color especial.
Podía pasarse toda la tarde hablando de el en la plaza con sus amigas,
que cuando llegaba a casa, si tenía nuevas noticias, las llamaba una por
una contándoles lo feliz que se sentía. Ellas la habían visto de
muchas maneras, triste tras la muerte se su abuelo, y rabiosa tras
contemplar como le daban una paliza a su mejor amigo sin ella poder
hacer nada, pero ahora, era la primera vez que la veían feliz. Elizabeth
no era nada más allá que una simple alumna de 1º de Bachiller de pelo
lacio, delgada y siempre con esa sonrisa tan natural en la cara. A pesar
de los palos que le diera la vida, era una de las personas más felices
que he visto en mucho tiempo. Ni dinero, ni joyas ni posesiones, solo
las necesitaba a ellas y como no, a ÉL.

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