Se
despertó, miró el reloj, apenas eran las ocho, pero aquel inconfundible
olor a tostadas y café recién hecho no le permitía quedarse tumbada
entre las sábanas ni 3 minutos más. Salió de la cama, se puso las
zapatillas, y cruzó el alargado pasillo para dirigirse ala cocina. Allí
estaba él, como cada mañana, en ropa interior y el pelo alborotado. Le
sonrío, y ella naturalmente, le devolvió la sonrisa.
Pudo
observar como encima de la mesa había una bandeja con dos cafés,
tostadas y un bote de mermelada de fresa, era su favorita y el lo sabía.
Se
acercó a él, y le dio una caricia, acto seguido el se la devolvió con
un beso. Era un amor dulce, de esos que saben bien sin la necesidad de
añadirles azúcar.
No
le importaba lo que la gente pensase, aunque, extrañaba a sus padres
continuamente. Pero ellos no entendían, no entendían que se puede llegar
a amar más allá de las normas estipuladas.
Se
tumbaron en el sofá mientras veían un poco de televisión. Su casa,
quizás el único lugar donde estar alejados de todas las miradas que se
les clavaban encima.
Miró el reloj, ya casi eran las 9, pero no se sorprendió, estaba acostumbrada a que el tiempo pasase rápido estando a su lado.
Pensó en quedarse eternamente abrazada a el, pero era tarde, debía ir al instituto y él, debía volver a la oficina.

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